En agosto cambiamos de ritmo. Dormimos un poco más, comemos diferente, pasamos más tiempo con los nuestros, viajamos, salimos, hacemos cosas que durante el año no siempre podemos hacer. Y también podemos dejar un poco de lado el entrenamiento. Y no pasa nada. El cuerpo no pierde en dos semanas todo lo que hemos construido durante meses. De hecho, algunos estudios han observado que periodos cortos sin entrenar no comprometen necesariamente las adaptaciones conseguidas a largo plazo.
Esto no significa que durante las vacaciones tengamos que dejar de cuidarnos. Movernos, caminar, nadar, ir en bicicleta, jugar con los niños o simplemente mantenernos activos sigue siendo una buena manera de cuidar el cuerpo. Pero también es saludable hacer otras cosas, relacionarnos con personas que nos aportan, disfrutar de una comida diferente o permitirnos algún exceso sin convertirlo en un problema. La salud también tiene que ver con esto.
Y luego está quien llega a septiembre pensando: ahora sí, lo haré todo. Sobre todo si durante el año no ha hecho mucho ejercicio. Pero empezar de golpe, con objetivos demasiado exigentes, a menudo acaba generando frustración. No hace falta empezar de cero con todo. Hay que empezar desde donde estás. Un pequeño cambio, luego otro. Un objetivo cumplido que permita uno nuevo. Porque avanzar no siempre significa hacer más; a veces significa encontrar una manera de continuar.