Kahneman (2013) describe un patrón que todos conocemos: cuando ya hemos invertido tiempo, dinero o esfuerzo en algo, tendemos a seguir eligiendo esa misma opción, aunque ya no nos esté funcionando. No es cuestión de tozudez, es una manera fácil de pensar. Nuestro cerebro confunde "he invertido mucho aquí" con "esto debe de ser lo correcto", y cambiar se siente como si ese esfuerzo se hubiera perdido. El problema es que la buena decisión no depende de lo que ya hemos invertido, depende de lo que tenemos por delante.
En el entrenamiento, esto pasa constantemente. Seguimos con una rutina, un deporte o un método porque llevamos meses o años haciéndolo, no porque siga siendo lo que nuestro cuerpo necesita ahora. Desde la mirada de los sistemas complejos, esto tiene sentido: un sistema (nuestro cuerpo, nuestra vida, nuestras rutinas) cambia constantemente, y lo que fue una buena decisión hace un año quizá hoy ya no lo sea. Aferrarnos a lo que ya hemos invertido nos hace rígidos justo cuando el sistema pide cambio.
Al final, quizá lo más interesante de esta trampa es lo que nos dice sobre cómo entendemos el progreso: no como un camino recto que hay que defender cueste lo que cueste, sino como un proceso que se va reajustando. El tiempo invertido no desaparece por cambiar de dirección, simplemente deja de ser la única razón para continuar.